Duerme en el sigilo de la noche que siempre puede quebrantarse por algo que tu paranoico pensamiento vuelve realidad.
Por eso en la lista de prioridades has dejado a tu seguridad cómo la número uno. Por eso duermes hoy como todas las noches, tranquila con un revólver a tu lado, esperando siempre lo mejor; esperando que la noche no se vuelva día dejando tu cuerpo inerte sobre un colchón manchado con tu sangre y una colección de balas clavadas en tu pecho.
Desde una esquina te observo. No sé cómo ni porqué estoy aquí. No tengo idea de qué hago, sin embargo te observo y me llama la atención tu apacible respirar contrastado por la recta silueta del revólver a tu lado. Tú en un rito solemne, ceremoniosamente lo cargaste antes de dormir para que estuviese preparado en cualquier momento. Es estúpido que se pierda el tiempo, medio segundo quizá, en cargar un revólver justo antes de necesitarlo. Puede ser ese medio segundo el que te otorgue la bendición de la muerte o la pesadez constante de seguir viviendo en tu estado de permanente intranquilidad.
Y yo te observo, y me desvanezco. Desde un rincón de la pieza veo como desaparecen mis huellas digitales, mis uñas, mis dedos, y finalmente mis manos se desvanecen por completo.
Tú duermes tranquila y conservas tus manos, tus blancas manos siempre listas para empuñar el arma que es tu única garantía a medias de seguridad.
La muerte espera pacientemente la llegada de la hora final.
Te vas.
miércoles, 24 de enero de 2007
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